La última película de Pixar tiene muchas virtudes, y no las repetiré todas aquí, ya que han sido muy destacadas por la gran mayoría de críticos. Quizás la más importante es que consigue que te olvides por un momento de que está viendo una película de dibujos. La historia es muy buena -quedan muy pocas historias realmente originales, ninguna si hacemos caso a la Morfología del Cuento de Popoff- pero este guión, ateniendose a los criterios de peli de viajes-aventuras, una especie de balloon-movie en contraste con road movie, tiene destellos realmente buenos. Para empezar los personajes se alejan de los arquetipos de héroe a los que no tiene acostumbrados Disney: un abuelete gruñón y un boy scout francamente gordo. El malo es realmente siniestro, en parte porque no parece tan malo al principio, hasta que se descubre su obsesión, y los secundarios -esa idea de hacer hablar a los perros es francamente buena- cumplen bien su papel. Pero lo que hace grande al film es, más allá de la gran calidad de su animación, es conseguir que una buena historia no necesite de la magia del dibujo animado, sino que su propia calidad e imaginación nos haga creer que estamos viendo una historia digna de un Julio Verne. Y dice mucho de de esa calidad cinematográfica el uso, muy destacado por la crítica, de los planos en los primeros 15 minutos del film. Sin usar el diálogo, sólo con imágenes, conseguimos entender todo el dolor que sufre el protagonista. Una obra de arte moderna, que debería optar al Oscar a la Mejor Película y no sólo a la de animación.
Calificación: ****** Si, han contado bien. Cinco estrellas.
Lo mejor: La historia y la forma de contarla.
Lo peor: Cierta complacencia final, por decir algo.
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