Unas líneas dedicadas al nuevo film de Daniel Calparsoro, indecentemente propocionado por Mediaset como la nueva bomba del cine español.
Y digo indecentemente porque es vergonzoso que a través de estas brutales campañas de marketing se dé tanta visibilidad a un solo film español para hacer otro taquillazo tipo 8 apellidos vascos y luego haya tanta obra de arte que languidece en cuatro salas porque no ha tenido publicidad y nadie ha sabido de su existencia. Vaya por delante que levantar tantas expectativas con una película puede ser contraproducente y el batacazo, no en la taquilla, si no en el boca a boca del espectador, pueder ser ruinoso.
Y digo indecentemente porque es vergonzoso que a través de estas brutales campañas de marketing se dé tanta visibilidad a un solo film español para hacer otro taquillazo tipo 8 apellidos vascos y luego haya tanta obra de arte que languidece en cuatro salas porque no ha tenido publicidad y nadie ha sabido de su existencia. Vaya por delante que levantar tantas expectativas con una película puede ser contraproducente y el batacazo, no en la taquilla, si no en el boca a boca del espectador, pueder ser ruinoso.
No quiero hablar de este film desde el rencor o conseguir que alguien deje de verla por una falsa idea de que me ha decepcionado. POR FAVOR ID A VERLA, hay que levantar al cine español y cuantas más personas vean 8 apellidos catalanes, El pregón o Kiki el amor se hace, más contribuiremos a que se realicen más películas en habla hispana. Pero tampoco contaré maravillas de un film que bebe muy evidentemente de otras películas de robos imposibles a bancos -me vienen a la mente hasta tres films americanos con rehenes y un botín que es más de lo que parece- y que se apoya en exceso en el carisma de sus actores. No entraré en su guión de máxima actualidad y que quiere ser pionero en nuestro cine en hablar de la corrupción entre las más altas instancias de la política y del Gobierno. Sí puedo contar que el film da menos de lo que ofrecía su marketing y que se salva por el buen oficio de sus intérpretes, con un Arévalo algo fuera de juego al salir de la comedia y un Tosar que eleva el nivel de la función. En su contra, los estúpidos personajes secundarios y ese afán de meter con calzador a actores venidos de la televisión, con todo mi respeto para estos intérpretes, que parecen colocados solo para que digamos "¿ese no es el de El Barco?".
Cojea en algunos momentos y llega a ser previsible aunque se ve con agrado y supone un punto de inflexión en lo que a industrializar nuestro cine -en la parte negativa del abuso publicitario- se refiere. Me quedo con que Calparsoro aprenda de los errores y vuelva a un cine menos comercial, pero más auténtico.
