La gran batalla de las comedias. Un duelo fratricida entre las dos comedias españolas -a la espera de Torrente V- más taquilleras de 2014. ¿Quien ha ganado? Si atendemos a las cifras, la película de Emilio Martínez Lázaro vence por goleada, con casi 4 millones de espectadores y subiendo. Cinco semanas entre las más vistas, gracias sobre todo al boca a boca de los espectadops que han respaldado este ejercicio de humor blanco y con muy poca mala leche, de uno de nuestros directores más comerciales en el buen sentido de la palabra.
Lázaro ya sorprendió con El otro lado de la cama y su secuela, que si bien no reinventaban el musical español y cañí, si supusieron un claro rara avis dentro de la tradición de la película musical española, más dada a la zarzuela -véase La canción del olvido- o al ejercicio voyeurista de sus estrellas de la canción -y aquí la lista es larga desde Rocío Dúrcal, Rafael, Manolo Escobar y un largo etc-.
8 apellidos vascos funciona, y funciona bien. Tiene momentos hilarantes y un barniz de mala leche que lamentablemente se diluye en pos del humor blanco y la explotación consciente de los tópicos andaluces y vascos -genial esa aparición estelar de Los del Río-. Pero no es cine con mayúsculas, se olvidará. Es la gran diferencia con la asombrosa segunda película de Paco León. Hasta críticos como Carlos Boyero exigentes hasta la extenuación con el cine español han tenido que rendirse ante el salto adelante de un cineasta que merece dejar atrás su papel de Luismi en Aida. Y no se pierdan al pájaro de Carmina, que tiene miga.
Por último, reproduzco y suscribo la crítica de Mirito Torreiro
Carmina y amén
Por Mirito Torreiro
Lo tenía muy fácil Paco León para reeditar, dos años después, el éxito de su sorprendente exordio, 'Carmina o revienta': bastaba con seguir dejando a su madre, la notable Carmina Barrios, campar por el encuadre, pergeñar un guión con situaciones hilarantes, y a hacer caja. Y sin embargo, lo que hace aquí el actor, ya consolidado cineasta, es algo bien difícil: comenzar con una muerte y acabar con
el anuncio de algo tremendo... sin que el espectador abandone nunca la sonrisa. Siguen ahí la aguda mirada sociológica, pero sin que parezca que esté hablando de aquí y ahora, de nosotros y nuestros miedos. Sigue el humor costumbrista y profundamente andaluz, pero de repercusiones y ecos universales.
el anuncio de algo tremendo... sin que el espectador abandone nunca la sonrisa. Siguen ahí la aguda mirada sociológica, pero sin que parezca que esté hablando de aquí y ahora, de nosotros y nuestros miedos. Sigue el humor costumbrista y profundamente andaluz, pero de repercusiones y ecos universales.
Sigue también el talento para reunir un elenco de secundarios de extraordinaria eficacia, entre los que destaca una Yolanda Ramos a quien nadie debería birlar el Goya a la Mejor Actriz de Reparto: su secuencia con Carmina (Yo he comido coño, Carmina...) es una de las más brillantes vistas en una comedia española en años. Pero sobre todo, interesa resaltar algo que no es frecuente: la ambición de un cineasta por plantearse nuevos retos, por seguir creciendo en su oficio; el no conformarse con la facilidad de una fórmula suya y original, sí, pero que de repetirse podría sonar a falsa. El resultado, muy sencillo: la mejor comedia española vista por este cronista desde hace muchos meses.