martes, 24 de marzo de 2009

The code

"La hice por Morgan Freeman". Así de escueto resumió Antonio Banderas su motivación para realizar The Code, modesta entrega de intriga subgenero robos imposibles que entrega Mimi Leder, antaño esperanza femenina del cine de acción con la estimable El Pacificador y que aquí rebaja notablemente las esperanzas depositadas en ella. Es The Code una película con vocación de menor y que no levanta el vuelo ni siquiera con las inevitables sorpresas de su guión en su parte final, ni con los esfuerzos de su elenco protagonista, con Freeman y Banderas a la cabeza, por elevar el nivel de la trama. Y no lo hace por la falta de ambición de Leder: en el guión, con un robo resuelto con prisas y sin apenas suspense; en la dirección de actores, que funciona con el piloto automático; y en la escenografía, que se limita a una cámara acorazada y a unas pocas obras de arte que dejan un poco frío al espectador. ¿Huevos Fabergé de 40 millones de dolares? Umm, es posible, pero el espectador arquea las cejas ante el premio: le falta algo más de glamour. Banderas cumple, pero repite tics que debería haber superado en un Hollywood que parecía haberle aceptado como algo más que un actor latino con carácter. De nuevo su personaje adopta ese rol, con nombre latino y proviniente de Miami. Banderas es un grandísimo actor y tiene poco que envidiar a Bardem, pero le faltan un par de papeles que le pongan un paso por delante y le lleven a la carrera de los oscars. No debería conformarse con papeles alimenticios. Lo próximo de Allen debería ser la oportunidad que estaba esperando. Si da la talla, el olimpo de los grandes le abrirá las puertas con gozo.
Calificación: **. Sosilla.
Lo mejor: Rhada Mitchell, bellísima, y el pasotismo con que Freeman aborda su papel.
Lo peor: no aporta nada al género.

Underworld: La rebelión de los licántropos

Sería pretencioso entroncar Underworld: La rebelión de los licántropos, tercera entrega de la saga que narra la lucha entre vampiros y hombres lobo, con los films de la Hammer que explotaban en sus diversas variedades a estos dos mitos de la fantasía y el terror modernos, y que encontraron en el cine su mejor vehículo de exposición. Y es que la estética y la técnica han evolucionado de forma notable de manera que este tercer film, que adopta pose de precuela, agotada la línea argumental moderna con las dos primeras partes, es más deudora del Van Helsing de Sommers, con gotas de Espartaco y pinceladas de Matrix. Rodada con oficio por un ex encargado de efectos especiales, el film rezuma gotas de calidad en las interpretaciones de veteranos como Bill Nighy, que tan pronto se viste de rockero en Love Actually como de nazi arrepentido en Valkiria. Aquí, con unos ojos azules que se salen de las órbitas, se debate entre la tristeza de un padre preocupado y la maldad intrínseca de un líder de una raza que se cree superior, en una suerte de paralelismo irónico e involuntario con su papel en la Valkiria de Singer. Le asisten una Rhona Mitra, correcta como la hija díscola, y un barbado Michael Sheen que da el tipo de proletario líder de los hombres lobo. Discursos de liberación y masacres varias se suceden en una película que gustará a todos los amantes del fantastique y dejará indiferentes a casi todos los demás, pero que se eleva y mantiene el tipo frente a otros films de este estilo. Aunque la trama discurre de forma bastante previsible y lineal, dejando poco espacio a la sorpresa, la batalla final e inevitable está rodada con estilo y Tatopoulos se desenvuelve con solvencia entre los extras digitales. Para todos los amantes del colmillo como símbolo del fantástico, este film no aportará grandes novedades pero sí un par de horas de gozoso disfrute y evasión. Más de lo que ofrecen muchos sesudos films actualmente en cartelera, mientras esperamos a otra suerte de hombre lobo, el Lobezno de X-Men: Origins.
Calificación: ***. Se puede ver.
Lo mejor: la batalla campal entre las dos fuerzas del mal.
Lo peor: el tufillo romántico inter especies está metido con calzador.