El viejo Bond ha muerto: viva el nuevo Bond. Los tiempos del añorado Sean Connery en los que el agente secreto más famoso de la historia acababa con todos los malos sin apenas arrugarse el smokin han terminado. Más violencia, más persecuciones y paradójicamente mucho menos sexo: esas son las claves en las que se maneja la refundación de la saga de la mano del viril Daniel Craig. Corren nuevos tiempos y frente a la speedica saga Bourne, la de Bond, una de las más rentables de la historia (ya va por 22 películas), quedaba cerca de convertirse en carpetovetónica. Que importa que la dama en apuros sea una boliviana de ojos azules y acento ruso, o que los exteriores se rodasen en países diferentes de los que representan -algo por otra parte habitual, acuérdense de esa mítica escena en la playa de la Caleta de Cádiz haciendo de la Habana vieja-. La esencia de Bond sigue ahí: él contra el mundo. El director elegido, Marc Foster, parece a ratos incómodo con un material al que no está acostumbrado, tantas persecuciones -algunas de ellas, sobre todo la inicial, admirablemente rodadas- pueden llegar a saturar al espectador que todavía recuerda la etapa Connery. Sin embargo, no hay marcha atrás. Es éste un Bond más sobrio, más seco, como su martini, pero con más corazón. Démosle la bienvenida: larga vida al rey.Calificación: *** (No lo lamentará)
Lo mejor: El momento Tosca y la persecución inicial por los tejados.
Lo peor: las bellezas, todo un signo de la saga Bond, enseñan muy poca piel.
