martes, 30 de diciembre de 2008

Cómo en casa en ningún sitio

La última comedia de la Whiterspoon viene precedida de la vitola de ser número uno de taquilla en Estados Unidos, como si eso fuera garantía de algo. Lamentablemente, hace años que los gustos de los aficionados americanos están muy lejos de los nuestros, y en este caso se vuelve a demostrar como una comedia de sanas intenciones (no en vano procede de la nueva factoría de ficción de Jude Apatow) degenera en una nueva oda a la Navidad, y van no se sabe cuantas. Ante esta disyuntiva, cabe preguntarse si no es más honrado vendernos un film tipo Allen y sus Santa Claus que una comedia supuestamente negra contra las celebraciones epifánicas y que pretende mostrar como las familias que se odian se juntan contra su voluntad en estas fechas, pero que acaba siendo un villancico de lo que supuestamente iba a criticar. Así, el engaño es doble y el enfado está justificado, puesto q en la de Allen uno ya sabe lo que se va a encontrar y en ésta la decepción es mayor. Todo ello no quita que la propuesta contenga momentos hilarantes y politicamente incorrectos, y zarpazos contra las madres supuestamente angelicales o los predicadores show-man, pero eso no basta. Los rumores de malos rollos entre la pareja Whiterspoon-Vaughnn se hacen carne en la pantalla, su química es escasa y la verborrea de Vaughnn no es creíble, aunque hace sonreir cuando se desvanece ante las cámaras de televisión que les pillan infraganti. Su suculento plantel de secundarios (los padres) sacan adelante la película y tiran del carro, aunque para los amantes del buen doblaje chirría el de John Voight, que a la postre supone el progenitor que endereza la moralina fílmica. En nuestros mejores sueños, Vaughnn hubiera sacada la recortada y se hubiera cargado a tiros a la mitad de las familias, pero lamentablemente el valor de los productores no llegó a tanto. Ayyyy, que hubiera sido de esta película de haberla dirigido, con más mala leche, un Alex de la Iglesia.
Calificación: ** (No pierda el tiempo).
Lo mejor: Los secundarios progenitores.
Lo peor: Propone una cosa y acaba claudicando de forma grosera hacia otra opuesta. 

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